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Hace muchos años, en la hermosa y misteriosa
Isla de Pascua, existía un rey llamado
Hotu-Matúa quien tenía bajo su dominio
a toda la población de la isla. Según
la tradición, todas las jóvenes
vírgenes debían ser recluidas en
una cueva que se encontraba en lo profundo del
mar. Esta cueva se llamaba Oho-Ver. Allí
se les recluía por tres años hasta
que adquirían un color pálido y
transparente ya que así lo ordenaba el
rey con el fin de mejorar la especie y para que
tuvieran hijos de piel más blanca. A estas
doncellas se les alimentaba una vez al día
y para ello había una mujer encargada de
llevarles un alimento al día en una canoa.
Había una joven muy bella de 19 años,
quien se llamaba "Tiare" y era hija
de un jefe de la tribu de las "orejas cortas"
quienes eran enemigos a muerte de los "orejas
largas". Esta joven era alta, de piel morena,
ojos muy negros, cabello largo y negro y unos
dientes blancos. Ella estaba muy enamorada de
un joven esbelto y buen mozo, muy valiente y osado
que pertenecía a la tribu de los "orejas
largas". Ellos se encontraban en un lugar
llamado "Tahai", a orillas del mar.
Así mantuvieron su romance oculto por varios
meses, hasta que un día la joven fue comunicada
que el rey la había elegido para esposa
y debía ser recluída en la cueva.
Llorando corrió al encuentro de su amado
y le contó la tragedia que le ocurría
y así se amaron con toda la fuerza y bajo
la luz de la luna. Él le prometió
que la rescataría y que debía confiar
ciegamente en él y para ello tenía
que fingir que aceptaba la decisión del
rey. La ceremonia del traslado era muy hermosa
ya que todas las canoas eran ataviadas con guirnaldas
de flores y cada doncella (eran 10 en total) iba
ataviada con un traje blanco y collar con corona
de flores. Cada una en una canoa, que llevaba
un farol: Pues esto era en la noche de la luna
llena. Togariki sabía por dónde
pasarían las canoas y se escondió
entre las rocas para atacar la embarcación
y así llevarse a su amada Tiare. Así
sucedió que cuando la canoa pasaba cerca
del lugar, el muchacho saltó sobre la canoa,
cogió a su amada y nadando se alejaron
hacia la orilla. Corrieron y corrieron, empapados
y con frío lograron llegar hacia un lugar
que ellos solamente conocían en la playa
en Anakena. Allí se cobijaron y pusieron
sus ropas a secar en la fogata que encendieron.
Cuando el rey Hocu-Matúa supo que su doncella
favorita había huído con un muchacho
de una tribu enemiga, se indignó tanto
que les echó una maldición: al primer
beso que ellos se dieran bajo la luna llena, quedarían
convertidos en estatuas de piedra y fue así
como los enamorados felices se besaron bajo la
bella luna y quedaron convertidos en estatuas
de piedra que aún vigilan la hermosa playa
de Anakena.
Lizette E. De Tuki Isla de Pascua.
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