La tradición sólo se puede seguir, si se siente verdadero afecto por las obras y los cuidados de la gente. Si se admira, por ejemplo, su capacidad para hacer mucho con poco, con más ingenio que medios, o de negociar y adaptarse para sobrevivir a los cambios; de no contentarse nunca con el mínimo y buscar siempre algo más que lo indispensable para sobrevivir, que revele la dignidad de su existencia. Una tradición que podría enseñarnos que el arte transforma el barro que recibe en oro que da.
Tradición de pastores o comerciantes trashumantes, que construyen obras de arte que los acompañan en sus viajes; de tejedores que siempre aciertan el color de la hilada o de alfareros que celebran la vida en cada pieza que hacen; de hortelanos que se distribuyen sin pelear el agua, de las manos pacientes de artesanos; de albañiles de paredes arrugadas que reciben el polvo como un regalo, o de penumbras donde la vista descansa, entre sombras luminosas y vibrantes; o de bancos asoleados en el patio para el frío del invierno, o de plazas vacías, separadas por muros temblorosos de barro, del resto de las cosas, naturales e inertes.
Plazas vacías de gente, pero llenas de contenido, porque en ellas está presente todo lo ausente que falta y se echa de menos, así como en un cerrar de ojos, uno aparta lo inmediato, para recordar mejor lo que se escapa.
Después de contemplar maravillado estas cosas, uno va y trata de hacer lo mismo de nuevo, y de otro modo. Uno trata de conservar el espíritu de la arquitectura de un lugar y no la pura forma, que es la apariencia engañosa de las cosas. Trata de conservar por ejemplo, la forma temblorosa de las cosas, los muros macizos, las cubiertas livianas, los huecos pequeños, las sombras luminosas, los bancos de adobe mirando el sol de la mañana; el espacio casi infinito, o el paso cadencioso de los días, marcados por las fiestas que los reúnen a todos en rituales.
La gracia de sus construcciones tan precarias, se mantiene con los cuidados que son parte de una cultura, que entiende que esta arquitectura frágil e inconclusa, está abierta y llena de potencial para ser fecundada por lo que la vida trae con el tiempo, y los cambios.
Dios, que todo lo puede, podría habernos entregado un mundo urbanizado, con calles, plazas y casas. Pero al séptimo día descansó, y dejó su obra inconclusa, para que los hombres y mujeres la termináramos entre todos. Para que cultiváramos la tierra, que es lo más propio de la condición humana. La arquitectura es cultural porque cultiva. Es decir: transforma la naturaleza, que no tiene un fin en sí misma, como creen algunos fundamentalistas de la ecología. Paraíso, en griego significa, jardín plantado. Es decir, debemos hacer aquello que más deseamos.
La cultura contemporánea es la ciudad. Por eso creo, que toda arquitectura en el paisaje, debe fundar un lugar con un destino y un nombre propios. Al señalar su destinación con la arquitectura ciertos lugares del territorio se hacen irrepetibles, y a salvo de la globalización donde el paisaje no existe más; dejan de ser un territorio para la especulación, y cobran un valor en sí mismos que tal vez los protege de ser destruidos como la costa central, o embalsamados como los ríos Mapocho, Bío-bío o Baker.
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