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Noviembre 2006
Germán del Sol
Arquitecto de la poesía
“Para mí ser un arquitecto contemporáneo no consiste tanto en buscar la permanente innovación, sino en volver atrás a los orígenes tanto como se pueda, para tratar de hacer las cosas otra vez un poco mejor”. Con estas palabras, el Premio Nacional de Arquitectura 2006, Germán del Sol, agradeció la distinción, evidenciando la permanente búsqueda de la identidad, como condición necesaria de una “buena arquitectura”. Esa que, en sus palabras, está “en los lugares que son más fecundos para la vida humana” y que “es el fruto de los pueblos que conservan y aprecian los objetos de su cultura material”.
Reproducimos aquí parte de su discurso poético, al recibir este galardón. Palabras que ilustró con proyecciones de plazas vacías en el norte de Chile, vistas sobre el poblado indígena de Caspana y antiguas fotografías de extinguidos pueblos nómades viajando por la hostil Patagonia austral .


“Vivir poéticamente es estar disponibles para ver el bien y olvidar el mal que hay en las personas y las cosas.  Los arquitectos hemos de estar disponibles para dar casas, calles y plazas, donde cada uno pueda ver reflejado, el esplendor que tiene la condición humana aún con todas sus miserias.  Porque el hombre y la mujer buscan un más allá, que trascienda el puro sobrevivir. La buena arquitectura está en los lugares que son más fecundos para la vida humana; no es fruto de argumentos intelectuales. Para mí ser un arquitecto contemporáneo no consiste tanto en buscar la permanente innovación, sino en volver atrás a los orígenes tanto como se pueda, para tratar de hacer las cosas otra vez un poco mejor.

Creo que el arquitecto no es un creador, sino alguien que descubre y recolecta los bienes que están ocultos u olvidados, en la naturaleza y cultura de un lugar, y que los hace presente en una obra irrepetible. No podemos cambiar el mundo, pero al menos podemos cambiar lo que hacemos de él. La arquitectura es un oficio que se aprende probando ideas que puedan ser útiles, sin temor a equivocarse; cambiando siempre un poco aquí y allá, sin apegarse a los aciertos, para mostrar con gracia la diferencia que puede hacer cada uno con sus manos.

La buena arquitectura no está en la forma, sino en el vacío, en el aire que contiene lo que no vemos ni podemos nombrar, las cosas queridas u olvidadas, los sueños posibles e imposibles, las cosas imaginadas o temidas, el lugar al que miramos con esperanza cuando estamos distraídos o apenados. La arquitectura puede llenar ese vacío de sugerencias, hacer que allí aparezcan, el misterio que existe y que no se ve, o las cosas importantes de la vida, por ejemplo, el silencio no interrumpido, o el canto de pájaros al amanecer,
un ambiente dedicado al trabajo, o a la oración recogida; el frío de una sombra,
o los pasos, o la voz, de las personas que uno quiere...

La buena arquitectura es mucho más que la simple construcción que nos ocupa tanto. Es el fruto de los pueblos que conservan y aprecian los objetos de su cultura material, sus costumbres y sus ritos, para aprender de ellos el fervor con que están hechos, y no para cuidar la apariencia engañosa de las cosas.  Una vez en San Pedro de Atacama pedí un metro para medir un huerto,  y el dueño me contestó: "el metro sería muy impreciso". Me reí, pero después entendí que para comprenderlo mejor, debía sentirlo, y no medirlo.
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